Dádiva Celestial
BRACER
Fragancia Celestial
Aquella fue la era dorada que solo existió en la memoria de un viejo mundo, una época en la que todas las decisiones estaban permitidas. La primera raza en poner un pie en el vacío albergaba una valiosa inocencia, mientras que los primeros habitantes del joven universo derrochaban sus bendiciones sin ningún control. La llama de la civilización iluminó las innumerables estrellas del firmamento a lo largo de miles de millones de años, y las naves tejían sus estelas al viajar por incontables puertas estelares. Un sinfín de aventuras, luchas de poder y leyendas inimaginables para nuestra época tenían lugar a cada instante en las profundidades del mar de estrellas. O, al menos, así fue hasta que el destino del universo fue cortado hilo por hilo, y tanto gigantes como enanos se enfrentaron al mismo final. Al principio, no fue más que una histeria colectiva o un sueño que se desvaneció, pero después, una civilización entera fue borrada del mapa en el silencio de la noche. Más tarde, las estrellas enanas que se apagaban cruzaron el universo como lágrimas, y las cenizas de los soles quemados distorsionaron la estructura del espacio. Sin embargo, la gente no se percató de la envergadura de la catástrofe hasta que galaxias enteras se evaporaron en una nada más profunda que la propia oscuridad. Entonces, los descendientes de los antecesores se alzaron en resistencia y, a lo largo de los siguientes millones de años, lograron conquistar el tiempo y el espacio. No obstante, cuanto más lejos exploraban, más conscientes se volvían de su propia miseria e insignificancia. Las gloriosas civilizaciones que habían partido junto a ellos habían desaparecido hace mucho tiempo sin dejar rastro alguno. Para escapar de una aniquilación que tarde o temprano los alcanzaría, los fervientes pioneros de antaño sellaron las rutas que una vez conectaron el cosmos. Se retiraron al centro vacío de los cúmulos estelares, a los confines sin luz de la percepción, aferrándose a un último y tenue rayo de esperanza. Los ancestros que dominaban los leptones enviaron cronistas a los límites de la materia bariónica, con la esperanza de hallar respuestas en las partículas del fin de la existencia. A medida que la luz de las estrellas circulaba y las balizas de los mapas estelares se apagaban una a una, por fin llegó el momento en el que sus sondas lograron llegar al mismísimo fin del tiempo. En ese instante, toda luz se desvaneció sin dejar rastro, todas las posibilidades se agotaron, e incluso las motas de polvo más diminutas se alejaron unas de otras. Sin embargo, en el final del destino no hubo ni un giro de acontecimientos, ni tampoco un milagro, sino que lo único que quedaba era una nada absoluta de caos y oscuridad. Cada fórmula y cada constante que habían descubierto a lo largo de los años estaba anunciando en silencio su final. Y así, en ese momento, su historia llegó a su fin. Quizás esa raza que supuestamente trascendía el tiempo no era más que un grupo de prisioneros que custodiaban un cementerio de estrellas. No importa cuán deslumbrante y glorioso sea un mundo o una civilización, al final, todos ellos se dirigen hacia una destrucción inevitable sumidos en la desesperación. Sin embargo, ¿por qué la viajera estelar que vagaba en el vacío siguió soñando con un dragón y con un mundo frágil y pequeño? Tras miles de años meditando profundamente, la viajera dormida se despertó antes de que el final pudiera alcanzarla...
