Corazón Forjado
BRACER
Conjetura del Forjador
En aquel entonces, aún faltaba mucho tiempo para que el pálido emperador de la Nación del Hielo y la Nieve fuera engullido por el turbio torrente oscuro. El joven domovói nacido en Kitezhgrado aún no tenía ni idea de todo lo que estaba por ocurrir. Al partir de la antigua capital cubierta de nieve en un carruaje tirado por animales de carga sobre las tierras heladas, volvió la mirada hacia su hogar bajo la cumbre alada. En aquel trineo que se alejaba, entre el cargamento que se tambaleaba, alcanzó a echar un último vistazo a su hogar. Con una carta de recomendación firmada por un ilustre domovói, empujó las puertas de la fragua cuyo fuego ardía eternamente. Enormes máquinas, inmensas como montañas, operaban sin cesar día y noche, con un estruendo que, envuelto en oleadas de calor, no dejaba de asaltar sus oídos. Sin sentir ni sorpresa ni temor, la emoción que el joven domovói sentía en su corazón lo eclipsaba todo. Sabía que lo que tenía ante sus ojos era una oportunidad magnífica y única que podía cambiarle la vida. Según los misericordiosos decretos de los grandes duques, los humanos amados por el soberano no debían cargar con labores pesadas. Es más, los humanos jamás podrían poseer la fuerza de un hada capaz de levantar enormes rocas, ni tampoco la destreza para hacer frente a cualquier situación. El joven domovói era, sin duda, el mejor testimonio para corroborar tales palabras. Tenía tan buen oído que, con solo escuchar el sonido del núcleo de la forja, sabía qué lugar necesitaba mantenimiento. Ágil como nadie, era capaz de moverse con soltura por los estrechos conductos de acero. En cuanto a la gestión del suministro energético de la ciudad y su comprensión de la kresnikita... El joven domovói había recibido una carta de recomendación y había sido favorecido precisamente por su destreza en estas materias. Quizás, después de eso, podría convertirse en el supervisor de aquel lugar. Y luego, cuando tuviera suficiente experiencia, tal vez incluso podría aspirar al puesto de presidente del Consorcio, responsable de velar por el funcionamiento de la antorcha luminosa. Sin embargo, una noche, en el banquete privado del gran duque domovói... El anciano señor de la industria minera y energética le dio una orden: “Hay una causa mayor para la que requiero tu dedicación, Izmáilov. Necesito que te unas a un plan altamente confidencial. Te he estado observando y sé que tu talento va mucho más allá. Te necesito para que vigiles los movimientos de cada persona...”.
