Antología del ballet de la estrella polar
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Antología del ballet de la estrella polar (I)
«El cisne níveo negro» [Personajes] Odelia, el cisne níveo negro Militsa, la reina de los cisnes níveos Vicielle, fantasma que visita a Odelia Samsati, fantasma que visita a Odelia Tatiana, fantasma que visita a Odelia Nobles de Fontaine, cisnes níveos y otros [Acto I] (El escenario principal se ilumina con una luz azul glacial, fría y melancólica. Odelia, el cisne níveo negro, baila sola en medio del Lago Helado. Sus movimientos son violentos y retorcidos, como si intentara arrancarse las plumas del cuerpo.) Odelia: ¡Vete, noche detestable! ¿Por qué teñiste mis alas con tu color funesto? Odelia: Mis hermanas vuelan libres sobre el blanco Lago Helado, con plumas más brillantes que la nieve. Odelia: Pero yo... Yo parezco un monstruo cubierto de hollín... (Odelia cae sin fuerzas sobre el hielo. Se cubre el rostro con ambas manos y solloza.) Odelia: Respóndeme, señor de los cielos, o cualquiera que sea la cruel divinidad que me escucha. Odelia: ¿Qué hice para merecer la vergüenza de vivir como una criatura distinta de las demás? Odelia: ¿Cómo puedo purificar mis alas y volverme tan pura como mis hermanas? (La ventisca se detiene de repente. Militsa, la reina de los cisnes níveos, entra al centro del escenario rodeada de cisnes níveos blancos. Adagio.) Militsa: Odelia, mi pobre y buena niña, ¡deja de lastimarte en vano! Militsa: Aunque destroces tus alas, jamás podrás borrar el color con el que naciste. Militsa: Tus alas son de un negro azabache porque la naturaleza humana ha dejado su huella en ti. (Odelia alza la cabeza y se señala el pecho.) Odelia: ¿La naturaleza humana? (Las bailarinas que interpretan a los cisnes níveos se dispersan y rodean lentamente a Odelia.) Militsa: La naturaleza humana, los sentimientos humanos. No es suciedad, Odelia, sino un veneno mucho más inmundo. Militsa: ¡Una plaga! Sus nombres son pasión y amor, y el destino siempre está dispuesto a tejer con ellos una red que aprisiona el alma. (Odelia se pone de pie y avanza lentamente en busca del abrazo de sus hermanas. El grupo de danza la recibe.) Odelia: No lo entiendo, madre, hermanas. Militsa: Oh, ¿cómo no vas a comprender lo débil que es el corazón humano, Odelia, mi pobre y buena niña? Cisnes níveos (a coro): ¿Cómo no va a comprenderlo nuestra Odelia, nuestra querida hermana? ¿Cómo no va a comprenderlo? Militsa: ¿Cuántas mentes brillantes se han nublado por amor, y cuántas almas grandiosas se han vuelto frágiles por ello? Militsa: El amor siempre convierte a los guerreros más fuertes en esclavos del destino, dispuestos a humillarse ante tiranos crueles con tal de conservar un solo instante de ternura. Militsa: Debes saber que la llama de la bondad y la ternura se apaga al menor soplo. Solo el juicio frío e imparcial permanece firme hasta la llegada del amanecer. Militsa: Odelia, mi pobre y buena niña, tus plumas se han manchado con la impura pasión y el amor. (El grupo de danza inclina la cabeza en señal de duelo.) Cisnes níveos (a coro): Pasión y amor, amor y pasión. Nuestra Odelia, nuestra querida hermana, ¿cómo pudo dejarse manchar por el fervor y el amor? Cisnes níveos (a coro): ¡Qué débil es el corazón humano y qué astuto es el destino! Cisnes níveos (a coro): No toques ese veneno ni te impongas las cadenas de tu propia perdición. (Militsa acaricia la cabeza de Odelia y luego la empuja hacia el otro extremo del escenario. Odelia cae sentada.) Militsa: Escucha, Odelia. Los cisnes níveos bailan por toda la eternidad. Militsa: No permitas que tus alas caigan en el fango de lo mundano ni que el dolor de los sentimientos manche tus plumas. Cisnes níveos (a coro): El amor siempre obliga al alma a doblegarse ante el destino. La ternura siempre es débil, la ternura siempre es débil. Cisnes níveos (a coro): No toques ese veneno ni te impongas las cadenas de tu propia perdición. (Odelia permanece sentada sobre el hielo. Contempla a la reina y a sus hermanas, y extiende las manos hacia ellas con un gesto de súplica.) Odelia: ¿Qué debo hacer, madre? ¿Qué debo hacer? Odelia: ¿Cómo puedo ser tan pura como mis hermanas y tan indiferente como ellas? (Militsa alza ambos brazos. Las luces parpadean.) Militsa: Tres fantasmas del pasado acudirán a mi llamado y te visitarán en sueños uno tras otro. Militsa: Sin ellos, jamás lograrás escapar de la red que el destino ha tejido para ti. Militsa: Escucha, Odelia, mi buena niña... Militsa: Mañana por la noche, cuando la campana que marca el final del baile dé su primera y solitaria campanada, prepárate para recibir a la primera visitante inesperada. Militsa: A la misma hora de la noche siguiente, recibirás a la segunda. Militsa: La tercera llegará pasada la medianoche de la noche posterior, cuando se haya desvanecido la reverberación de la última campanada. Militsa: Por tu propio bien, escucha lo que tienen que decirte. Militsa: Esa será tu redención y también su castigo. (La ventisca vuelve a rugir. Militsa y el grupo de danza salen del escenario. Todas las luces se apagan excepto un foco que ilumina a Odelia, encogida en el centro del escenario.) [Acto II] ... (Suena la primera campanada, profunda y lúgubre, mientras una tenue luz verde espectral ilumina un extremo del escenario. Odelia se pone de pie apoyándose en las rodillas y parece estar agotada.) Odelia: Purificaré mis plumas, borraré de mi corazón todo sentimiento y alzaré el vuelo hacia el mismo cielo azul que mis hermanas. (El fantasma de Vicielle se desliza desde las sombras como una voluta de humo. Su largo vestido está cubierto de gemas y lleva en la mano un candelabro de Fontaine. La música adopta el estilo de un elegante minueto del Palacio Mermonia, mientras los fantasmas de nobles de Fontaine, ataviados con suntuosos ropajes, danzan entrecruzándose detrás de Vicielle.) Vicielle: No temas, querida hermana. Soy Vicielle de Petricor, un fantasma del pasado. Nobles de Fontaine (a coro): ¿Has contemplado el tesoro de Petricor? Nadie puede igualar su belleza. Nobles de Fontaine (a coro): Su sonrisa posee el encanto de un paisaje primaveral, y hasta la rosa más hermosa palidece ante ella. [Variación: Primavera. Vals nocturno de Vicielle] Vicielle: Qué injusto ha sido el destino contigo al imponerte un corazón tan frágil y compasivo. Vicielle: Yo también sentí piedad alguna vez y coloqué un valioso collar de oro alrededor del cuello de una campesina que bailaba. Vicielle: No sabía que el cazador que le había prometido un baile era el prometido que mi familia había elegido para mí. Vicielle: Lo amé con demasiado fervor desde el principio. Era inevitable que todo terminara en desilusión. (La música baja de tono. Vicielle se lleva ambas manos al corazón, mientras los bailarines que interpretan a los nobles de Fontaine caen uno tras otro detrás de ella.) Vicielle: Los antiguos juramentos de amor siempre se desvanecen como la fragancia de la primavera y nadie vuelve a recordarlos. Vicielle: Por palabras dulces, vacías y tediosas, por un instante de júbilo, los años más espléndidos terminan marchitándose. Vicielle: ¿Para qué, querida hermana? El corazón ajeno siempre pertenecerá a otra persona. Vicielle: Debo llorar, aunque mis lágrimas ya no guarden sentimiento alguno. (Adagio.) Vicielle: El amor es tristeza. Vicielle: Amistad, pasión o amor divino, ¡no importa cómo lo llamen! Vicielle: Los sentimientos mortales son una danza nocturna condenada a no ser correspondida, que solo te conducirá a la deshonrosa tumba que el destino preparó para ti. Vicielle: Siempre te arrebatarán la vitalidad que apenas comienza a florecer, hasta convertir todas las hermosas esperanzas del futuro en burbujas ilusorias. Vicielle: Baila por tu corazón, por tu propia eternidad. No caigas en manos del destino. (Presto. La danza se expresa mediante giros fouetté desgarradores y frenéticos.) Vicielle: ¡Baila, llama de la vela invernal, baila! Vicielle: Clamor y alboroto, dolor y lágrimas, risas y alegría... ¡Vida, oh, vida! Vicielle: La vida no es más que una danza solitaria y efímera. Disfruta de ese breve momento de júbilo antes de que caiga en el silencio cuando se cierre el telón. ... [Variación: Verano. Danza real de Panditpura] (El escenario principal se ilumina con una luz roja y dorada. Samsati salta al centro del escenario, vestida de rojo y cubierta de adornos dorados.) Samsati: Fui la noble princesa del reino de Panditpura, nacida en un palacio dorado ante el que se rendían todas las maravillas del mundo. Samsati: Mi andar era como el de una elefanta paseando entre lotos, y mi rostro poseía la belleza auspiciosa de los dioses. Samsati: Mi padre, el rey, levantó para mí un estrado de oro y piedras preciosas, mientras los devas hacían resonar la fragante melodía del karnay. Samsati: ¡Sin embargo, oh!... El señor de Vaana lanzó contra mí su despiadada flecha adornada con flores. Samsati: La punta estaba impregnada de un veneno capaz de enloquecer a los dioses, y sus plumas llevaban una droga que hacía perder la razón. Samsati: Por aquel guerrero valiente y resplandeciente como el disco solar, mi corazón terminó apartándose del dharma. Samsati: Cubierto con una armadura divina y adornado con pendientes, poseía la majestuosidad de un dios y la fiereza del rey de los caracales patilludos. (Samsati se cubre el rostro por momentos, consumida por el dolor, y luego forcejea consigo misma como si luchara contra una serpiente venenosa e invisible.) Samsati: ¡Lo amaba tanto! Lo amaba, lo amaba... Pero él entregó su corazón a una vil esclava que bailaba en el templo. Samsati: ¿Cómo podía ser digna de él? Un perro tampoco merece devorar las ofrendas depositadas junto al fuego sagrado. Samsati: No quería derramar su sangre ni herir aquella piel más blanca que la nieve en verano. Samsati: Pero tenía que morir. De lo contrario, habría hecho que muchos otros hombres virtuosos se volvieran como elefantes ebrios y babeantes. Samsati: ¡Qué farsa! El hombre al que amaba siguió a la mujer que él amaba, y ambos se marchitaron como flores al amanecer. Samsati: Con un beso le arrebaté la vida, y ahora la llama de la mía también se extingue con un beso. Samsati: Otro beso, solo uno más. Así quise matarlo y así quise amarlo... (La danza de Samsati se detiene de golpe. Queda inmóvil dando una zancada y clava la mirada en Odelia, que permanece sentada en el suelo.) Samsati: Ay, querida hermana, ¡ten cuidado con el amor! Samsati: Es una víbora mortal. Quien la estrecha contra su pecho termina recibiendo su mordedura en la garganta. Samsati: El amor es cruel. Samsati: ¡No creas que tu orgullo hará retroceder al destino! Ni siquiera los dioses contaminados por el amor pueden escapar de sus amenazas. ... [Variación: Otoño. El velo robado] (Cuando se desvanece la reverberación de la tercera campanada, el escenario se tiñe de un azul tinta. Comienza a sonar un violonchelo grave y opresivo. Tatiana, vestida como un cisne níveo blanco, danza sobre el Lago Helado con movimientos extremadamente lentos y pesados. Deja caer las alas y forcejea como si apenas pudiera mantenerse en pie.) Tatiana: ¡Qué imaginación tan increíble! Pero sentir la agudeza de la crueldad del destino es tan insoportable como el dolor de una herida infectada. Tatiana: Ansías ese sentimiento porque jamás has conocido su sabor. Tatiana: Pero debo decirte, querida hermana, que este gran escenario no es más que la escena de una obra, pues todo ya estaba orquestado por los cielos desde el principio. (Tatiana cae sobre el hielo. Extiende los brazos rígidamente hacia el cielo y cruza las piernas sin fuerzas, como si estuviera agonizando.) Tatiana: El amor es debilidad. Tatiana: Una vez que el juramento se rompa, el cielo se cerrará para siempre para nosotras. Tatiana: No nos quedará más que debatirnos y hundirnos en estas aguas impuras hasta que nos devore la oscuridad eterna de la noche otoñal. Tatiana: Aquel pájaro que debería haber pertenecido a los cielos acabará con las alas rotas y cayendo al sucio fango. ¿Es ese tu mayor deseo? (Tatiana baja los brazos y mira a Odelia, que se ha acercado y permanece arrodillada ante ella.) Tatiana: Vuela, vuela como tus hermanas. No sufras por un amor nacido del barro. [Acto III] ... (El escenario principal se ilumina con una luz dorada. Los cisnes níveos visten trajes de danza de un blanco puro e inmaculado y forman una figura perfectamente simétrica. La reina Militsa se alza en el centro del palacio y contempla desde lo alto a Odelia, que regresa lentamente.) Militsa: Has vuelto, Odelia, mi pobre y buena niña. Militsa: Has presenciado tres tragedias y contemplado el destino de quienes se entregan a la pasión. Militsa: El amor es tristeza. El amor es cruel. El amor es debilidad. Militsa: Purifica tus plumas y asciende con nosotras hacia la eternidad. Militsa: Cada amanecer en el que no bailamos es una traición a la vida. (Los cisnes níveos extienden sus blancas alas y esperan en silencio a que Odelia se someta.) Odelia: Madre, es cierto que presencié su caída. (Militsa asiente y le tiende una mano, indicándole que se acerque al estanque donde purificará sus alas.) Militsa: Entonces ya comprendes que la pasión y el amor son trampas tendidas por el destino, un veneno que corroe el alma. [Variación: Invierno. Danza de Odelia] Odelia: No, madre. Es todo lo contrario. Odelia: La pasión y el amor no pertenecen al destino, sino al corazón de cada ser. Odelia: El corazón humano no es débil, ni tampoco lo son la bondad, la pasión y el amor. Odelia: La débil era yo, porque no me atrevía a convertirlos en mis alas. (Odelia se incorpora de golpe. Con movimientos libres y apasionados, irrumpe entre los cisnes níveos blancos que la rodean, avanza a grandes saltos hasta el centro del escenario y ejecuta treinta y dos fouettés. El grupo de danza comienza a murmurar.) Militsa: Piénsalo bien, mi pobre y buena niña. Militsa: Estás renunciando a una pureza eterna, a una perfección que jamás se desvanecerá. Odelia: ¿Y de qué me serviría semejante eternidad? Odelia: En esa eternidad, más allá del cielo infinito, todo está vacío, todo es mentira. Odelia: Fuera de él no existe nada. Nada. Odelia: Ni siquiera existe el cielo. Solo hay silencio, quietud y nada más. Odelia: Una inmensidad desierta y sepulcral que nadie contempla. Odelia: No quiero esa eternidad. Odelia: Quiero el instante en que bailo. Ese instante fugaz, hermoso y destinado a desaparecer. Odelia: Quiero un cielo azul verdadero, capaz de estremecer mi corazón. Odelia: Aunque solo dure un instante. Aunque después tenga que caer. Odelia: El amor es pasión, no tristeza. (El grupo de danza vuelve a reunirse y envuelve a Odelia en un mar de blancura.) Militsa: La pasión se ha apoderado de tu lengua, mi querida Odelia. Odelia: Es mi propia pasión la que pronuncia estas palabras. Militsa: Tu pasión acabará defraudada, traicionada, pisoteada y destruida. Odelia: Entonces que la defrauden, que la traicionen, que la pisoteen y que la destruyan. Odelia: Aunque la defrauden mil veces, mi pasión seguirá perteneciéndome y mi amor seguirá siendo mío. Odelia: Yo seguiré siendo yo. Militsa: El amor es una trampa del destino. Odelia: No. El amor es una daga alzada contra el destino. Odelia: Si el destino pretende someter a los seres vivos mediante el amor, entonces amar sin dejarse someter es la mayor de las rebeliones. (Militsa baja las manos y permanece inmóvil. Los demás intérpretes les dan la espalda en silencio y, conservando una formación perfectamente ordenada, se retiran lentamente hacia las sombras del telón.) Militsa: No tengo derecho a juzgar tu decisión, mi querida Odelia, mi pobre niña. Odelia: Yo tampoco, madre. ... (En el escenario solo queda un haz cálido y pleno de luz matinal dorada y rojiza, que cae en diagonal sobre la silueta negra de Odelia.) Narrador: Aquella mañana en la que no había necesidad de bailar, el cisne níveo negro observó en silencio su reflejo sobre la superficie del lago. Narrador: Las nubes que acompañaban al sol naciente estaban tan cerca de ella que parecía que podría rozarlas con solo batir las alas. Odelia: Si solo me quedara un instante más de vida, alzaría el vuelo hasta alcanzar las alturas para verlas bien. Odelia: Así llegaría a lugares en los que otros cisnes níveos nunca habían estado y me atrevería a hacer míos sueños que las demás aves jamás habían tenido. Odelia: Seguiré al viento aullante y ascenderé solitaria. Odelia: Ascenderé, ascenderé... Odelia: Hacia arriba infinitamente, cayendo a un cielo borroso y ardiente. Odelia: Observa, pues ya me he liberado del sufrimiento mundano. Odelia: Extiende la mano y toca el rostro eterno del firmamento. (Giros continuos en el aire. La iluminación sigue sus movimientos. La pieza concluye con acentos lentos y amplios.) [Se cierra el telón]
