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Oda del barquero

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Oda del barquero

Soy Eutifrón, procedente de Arcadia, la ciudad santa eterna. Oh, Madre de la lanzadera de plata, la siempre bendita diosa Prusmene, por tu gracia, tomo esta humilde pluma para narrar el esplendor final de la noche. Te lo ruego: concédeme una vez más el don sagrado de la inspiración y protege a tu devoto creyente, para que mi alma no caiga bajo el árbol de plata y sea mancillada por el polvo. ¡Oh, sabia y radiante reina, portadora de la luz! Te lo ruego: libra así a tu devoto creyente, para que mi cuerpo mortal encuentre el descanso eterno en tu santo regazo. ¡Oh, maravillosa Prusmene, antigua Madre de la Noche e hija que trae la luz, señora de la Casa Áurea! Innumerables veces has guiado mi barca, permitiéndome conducir a las almas inmaculadas al palacio lunar que se alza sobre las nubes. Tú concedes a los mortales descanso en tus inmaculados brazos y les concedes sueños que son solo suyos. Sin embargo, esta será la última noche: el último descanso. Pues allí se encuentra el trono eterno en los cielos, el Soberano Primordial, ¡oh, señor que hace al mundo estremecerse! Él forjó los huesos de la tierra. Él ordenó que todos los sueños y lo que no son sueños retornasen a la tierra. Pretende ocultar los sueños del hombre con su propio sueño, que nosotros, los mortales de este mundo efímero, viviremos una era sin principio ni fin, transcurrida en un descanso tranquilo y sin sueños. Oh, sabia y radiante reina, portadora de la luz, ¡Líbrame de las manos de mi temible señor! Por ti, he guiado a las almas inmaculadas, por ti, he conducido la nave de plata resplandeciente. Te lo ruego: libra así a tu devoto creyente, para que mi cuerpo mortal encuentre el descanso eterno en tu santo regazo.